
Una y otra vez veo en los medios de comunicación cristianos las increíbles
hazañas de evangelistas que están “tomando las naciones” e “impactando el mundo
para Cristo.” Imágenes de masas apiñadas en estadios, esperando al hombre de
Dios de fe y poder, son transmitidas.
Algunos evangelistas llegan por detrás de los escenarios en limosinas blancas,
escoltados por policías. Otros bajan de helicópteros rodeados de guardaespaldas.
Gigantescas torres parlantes transmiten el mensaje a aquellos que se atreven a
acercarse a la “gran cruzada.”
Sin embargo, por alguna razón, no siento lo mismo que alguna vez sentí cuando el
“gran evento” se llevaba a cabo. Era apasionante ver tanta gente junta en un
solo lugar. Hoy en día me siento confundido y percibo en mi espíritu que algo no
está bien. Por un lado, pienso dentro de mí: “es magnífico tener tanta gente
reunida para escuchar el evangelio,” pero al mismo tiempo, algo en mí se duele
mientras presencio el evento.
¿Será posible que el Espíritu Santo esté tratando de decirme algo? ¿Soy el único
que siente que hay algo equivocado en toda esta película? Después de todo, ¿qué
podría estar errado en grandes acontecimientos como este donde hay tanta gente
escuchando el evangelio?
Nunca olvidaré el tiempo en que estaba ministrando en plena selva en
Centroamérica. Para llegar a nuestro destino, se requería de una pequeña
avioneta que tenía que aterrizar en un pastizal. Luego nos esperaba una larga
jornada en bote que recorría un río de aguas oscuras.
Una vez fuera de nuestra pequeña embarcación, teníamos que caminar por senderos
en medio de la jungla, hacia una modesta edificación sin ventanas, blanqueada
por el sol achicharrante.
Por la noche una luz mortecina, proveniente de un solo foco lánguido, que
colgaba de una viga, atraía a incontables criaturas ansiosas de escuchar al
“predicador extranjero”.
Las condiciones que me rodeaban daban la clara definición de la palabra “primitivo.”
No existían decorados espectaculares, grandes pantallas de video, servidores o
anfitriones. Ni siquiera había una plataforma, solo un piso sucio y creyentes
hambrientos sentados en rústicas bancas de madera, aplaudiendo a los
instrumentos musicales de la noche.
Quien me traducía era un joven que se mantenía gracias a lo que le enviaba su
iglesia desde los Estados Unidos. Recuerdo que me dijo que su pastor estaba
recaudando dinero para comprar un nuevo avión. ¿Aviones? ¡Maravilloso! pensé, ya
que soy también piloto.
Pero al instante me di cuenta que estábamos a por lo menos 500 millas de
cualquier pista segura para un jet. Le pregunté al joven si alguna vez su pastor
había estado en esa parte de la selva centroamericana. Me contestó que su pastor
no había venido a ningún lugar. Eso me sorprendió sobremanera. ¿Cómo puede ser
así? volví a preguntar. “Está ocupado en los Estados Unidos en el “gran evento,”
me contestó.
Parece que la oportunidad de ministrar a pocas personas palidece en comparación
a hacerlo en eventos masivos en casa. Eso me molestó. Allí estaba yo con este
joven, era mi cuarto viaje trabajando en medio del calor pegajoso de la jungla
ardiente, comiendo cosas que no mencionaré aquí y teniendo que comprar un boleto
en clase económica de mi propio bolsillo, solo para hacer esto.
A veces, después de escuchar estas cosas, me siento como si debiera de dejar de
ser el conquistador para Cristo en tierras lejanas e ir a las conferencias en
los centros del mundo, llamar y dar los mil dólares de semilla al hombre en la
pantalla de televisión, e ir y dejar de que el evangelio sea impartido por esa
gente especial que se ve más ungida que nosotros.
¿No es terrible sentirse así? No sé si soy yo, pero hay algunas cosas me hacen
dar ganas de decir ¿para qué molestarse? Pero, ¡esperen un minuto! ¿Saben qué?
He descubierto que son miles de personas las que sienten de la misma manera. Hay
algunos hermanos extremadamente ungidos en este mundo que están dando sus vidas
en las fronteras del ministerio para compartir el evangelio de Jesucristo, que
nunca podrán comprar un jet o el coliseo de la ciudad para hacerlo una iglesia.
Otros nunca tendrán 50.000 personas asistiendo a sus cruzadas. Habrá algunos más
que nunca estarán en la televisión cristiana o en el programa “Poder de Cristo”
FM o lo que sea, pero aun así ellos tienen valor. Aun así ellos son importantes
para Jesús y para el Cuerpo de Cristo.
Siento un pesar por aquellos hombres y mujeres de Dios quienes son fieles pero
son vistos ante el mundo religioso como poca cosa. En una sociedad influenciada
por el sensacionalismo de la publicidad y el mercadeo, que juzga por el tamaño
de las multitudes y grandes edificios, ellos parecieran no ser tan importantes
para algunos. Todos sabemos que esto no es correcto, pero todos los que están en
el ministerio son juzgados por los números. En incontables ocasiones personas me
han preguntado cuánta gente va a mi iglesia y como ni siquiera podemos llenar el
estadio de fútbol más pequeño…. Usted entenderá el punto.
¿Será posible que la reforma apostólica esté rompiendo con el paradigma del
“gran evento” de un solo hombre? ¿Podremos encontrar un balance en todo esto? ¿Qué
del hombre común, los Carlos o José que viven en algún rincón de los Estados
Unidos o de otro país, de aquellos que aman a Jesús y van fielmente a las
iglesias los domingos por la mañana? ¿No deberían estar ellos también
involucrados en el ministerio?
Recientemente vi en la televisión cristiana una discusión acerca de las
sanidades, milagros y los diferentes dones de ministerio. Evidentemente estos
hombres estaban teniendo sanidades espectaculares y milagros en sus reuniones.
El quid del asunto era que estos hombres hacían estos profundos milagros por
causa de su llamado y su “don ministerial.”
En mi opinión, necesitamos romper con ese tipo de pensamiento. Lo que yo leo en
la Escritura es,”Y el mismo constituyó a unos apóstoles; a otros profetas, a
otros evangelistas, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para
la obra del ministerio” (Efesios 4:11-12). Tal vez deberíamos estudiar la
palabra griega “para.” De lo que entendiendo en esa Escritura, queda claro que
los cinco dones de ministerio existen para equipar a los creyentes para que
ellos trabajen en el ministerio. Esto es claramente diferente que el patrón del
“súper hombre” que aun prevalece en nuestra cultura cristiana.
Tal vez eso es por qué el “gran evento” ya no me parece bien. ¿Dónde está “el
perfeccionamiento de los santos para la obra del ministerio” en ese patrón? Si
aquel que ha sido llamado a “equipar a los santos” está haciendo todo el trabajo,
me pareciera que estamos fuera del patrón bíblico. Hay mucha gente que piensa
que el ministerio pertenece solo a aquellos que poseen los dones del ministerio.
Con ese tipo de pensamiento, la responsabilidad del creyente queda reducida al
estatus de un espectador los domingos. Esto es lo que tenemos a lo largo y ancho
de la iglesia de Jesucristo ahora. Después de todo, se trata solo de encontrar a
aquel hombre que posea esos dones y pagarle para que ministre.
Me sorprende que Efesios 4:11 nunca vino a la mente del anfitrión de aquel
programa de televisión. Eso solo prueba que no importa las veces que leamos
Efesios 4, aun no lo entendemos. Cada creyente es importante para Dios y es
llamado al ministerio.
No quiero decir que aquellos que son llamados al ministerio a tiempo completo no
tienen un lugar, al contrario, ciertamente lo tienen. Y sí, Dios se manifiesta
poderosamente en ciertos individuos de acuerdo a su voluntad, pero no creo que
esa sea su meta final. Por otra parte, creo que el Espíritu Santo quiere usar a
todos. Las Escrituras declara: “El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y
actuará” (Daniel 11:32).
Amigos, no estoy en contra de nadie, porque estas personas tienen grandes cosas
que decir. Pero por favor entiendan que el Espíritu Santo necesita que todos
estemos involucrados en el trabajo ministerial. Pues no creo que éste sea
propiedad solo de aquellos que han sido llamados al ministerio a tiempo completo.
Un solo hombre o un solo ministerio no puede completar la gran comisión que nos
dejó Cristo de predicar el evangelio y hacer discípulos a todas las naciones.
Creo que es por esto que el Señor está restaurando el paradigma, modelo,
gobierno, u orden apostólico, o cualquier palabra que lo describa mejor. El
punto central es que el sacerdocio y el reinado de cada creyente está siendo
restaurado (1 Pedro 2:9).
En el libro de Hechos vemos el gran poder para ser testigos de la resurrección
del Señor y la inmensa gracia sobre todos los creyentes (Hechos 4:33). Estoy
seguro que hubo sanidades impresionantes y milagros en una época donde no había
cámaras de televisión para capturar el evento, las fotos de las multitudes, ni
el mercadeo del evangelista del momento.
Sí, hay un orden apostólico que se está restaurado en el Cuerpo de Cristo. Por
eso mi oración es que podamos romper con el patrón ministerial del ‘súper
hombre’ y entrar en la dimensión apostólica de equipar a cada creyente para un
destino y propósito. De hecho, estoy convencido que la intención de Dios es que
pasemos del “gran evento” a un Cuerpo de Cristo equipado en la iglesia local y
enviado a impactar el mundo para El.
Amigo, sé que usted ha sido llamado para hacer algo poderoso para Jesús. No
importa si usted se para en un púlpito el domingo por la mañana, si habla en la
televisión o si le toman fotos ante una audiencia masiva o no. El punto es que
Dios quiere poner su unción y gracia en usted y yo, creyentes comunes, mientras
invadimos la tierra con el evangelio del Reino de Dios.
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