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¿Que Vez Tú Profeta?
Por Jennifer LeClaire

¿La
percepción que tienes de ti mismo te llevará hacia tu destino o hacia un
callejón sin salida?
¿Qué ves tú, Jeremías? El Señor le planteó esta reveladora interrogante al joven
profeta poco después de que Él le puso sobre naciones y reinos. Con la palabra
del Señor en su boca y el mandato de comunicarla con denuedo, Jeremías obtuvo la
misión típica profética de arrancar raíces, derribar, destruir, echar abajo,
construir y plantar.
Sin embargo, antes de dejar ir a Jeremías a comenzar su ministerio, Dios en Su
gran sabiduría tuvo que asegurarse que la perspectiva del profeta fuera la
correcta. Así que le planteó a Jeremías una simple pregunta cuya respuesta diría
mucho: ¿Qué ves tú?
En otras palabras, “Acabo de decirte quien eres, a que has sido llamado, y te
aseguré que estaré contigo en cada batalla. ¿Confías en mí? ¿Te ves en la forma
en que yo te veo? ¿O el ojo de tu mente ve que todavía eres un niño tímido que
no puede hablar? ¿O de pronto estás lleno de orgullo porque entrarás en la
historia de la Biblia como el profeta llorón? ¿Qué es lo que ves, profeta?”
Gracias a Dios, Jeremías reconoció la autoridad que se le había otorgado. Esa
revelación de quién era – y quien era su Dios – permitió a Jeremías ser tanto
humilde como valiente durante su “más fácil decirlo que hacerlo” ministerio.
Creo que el Señor está planteando a Sus profetas esta misma pregunta hoy en día.
¿Qué es lo que ves? ¿Ves una vara florecida de almendras (un símbolo de tu
autoridad)? ¿Te ves como un niño (que no está preparado para su llamado)? ¿Te
ves a través de los ojos del orgullo (elevado a tus propios ojos debido al don
espiritual que llevas contigo)? Estas son preguntas cruciales – y preguntas que
todos los profetas se deberían hacer una y otra vez.
Sabemos que Jesús nos dio ojos para ver y oídos para escuchar lo que dice el
Espíritu de Dios. Sabemos que revelación fundamental pertenece a aquellos que
han ejercitado sus sentidos espirituales para discernir tanto el bien como el
mal (Hebreos 5:14). Y sabemos que el diablo se deleita en deformar nuestros
sentidos espirituales para poder pervertir nuestro don profético. Satanás quiere
que miremos la cosa incorrecta para no poder ver las cosas correctas que Dios
desea mostrarnos.
Profetas, si no se ven en la forma en que les ve Dios – sea que esa perspectiva
errónea es inferioridad o auto-exaltación – no puedes andar digno de su vocación.
Así que les pregunto de nuevo. ¿Qué ves tú? Tal como Jeremías, debemos tener una
revelación de quiénes somos realmente en Cristo y quién es Cristo realmente en
nosotros. Solamente cuando entendemos esto podemos caminar simultáneamente en
humildad y valentía que Jeremías demostró.
Dios ha conferido al ministerio profético cierta medida de autoridad. Esa medida
de autoridad varía basada en llamados y madurez, pero por lo general es la
autoridad para comunicar la palabra del Señor con denuedo. La autoridad de
arrancar raíces, derribar, destruir y echar abajo la oposición espiritual. La
autoridad de construir la Iglesia de Jesucristo. La autoridad de sembrar la
semilla del Reino de Dios en la tierra. Andar en esta autoridad requiere
valentía para enfrentar a todos aquellos que se opongan a la voluntad de Dios.
Por otra parte, también debemos andar humildemente, dependiendo totalmente de
Dios. No poseemos la autoridad para pronunciar profecías sin una unción. No
tenemos la autoridad para juzgar o criticar a los demás sólo porque hemos
ejercitado nuestros sentidos para discernir el bien del mal. No poseemos la
autoridad para juzgar como o cuando Dios decide moverse. Estas son algunas de
las áreas que nos llevan al engaño para que nos veamos enaltecidos en vez de
reconocer humildemente que Jesús es la autoridad suprema y que tenemos que
confiar en Él en todas las cosas.
Hasta Juan el Bautista, el que Jesús dijo que era más eminente e importante que
cualquier otro profeta, tuvo que luchar con esto. Lo explicaré. Herodes puso a
Juan en prisión para aguardar su ejecución. Sin duda él estaba un poco
angustiado ante la proposición de que su cabeza pronta sería llevada en una
bandeja de plata a una mujer manipuladora con una hacha para afilar.
Probablemente escuchó como Jesús estaba liberando a los cautivos. El diablo
probablemente susurró en su mente, “Jesús podría venir a rescatarte, pero Él te
a dejando a un lado.” Juan envió a sus discípulos a Jesús con una pregunta: ¿Eres
el Mesías o debemos esperar a otro?”
Juan no estaba dudando que Jesús fuera el Hijo del Hombre. Más bien, estaba
preguntando por qué Jesús no le rescataba – y parecía un tanto irritado debido a
esto. La respuesta de Jesús fue interesante. Le dijo a los discípulos de Juan
que le llevaran al profeta este mensaje: de que los ciegos pueden ver, los cojos
pueden caminar, los leprosos son limpiados, los sordos pueden escuchar, los
muertos son resucitados, y el Evangelio es predicado a los pobres.
“Y bienaventurado (feliz, afortunado, y digno de envidia) es él que no se ofenda
conmigo y no halle tropiezo en Mí o a través de Mí y que no tenga impedimento en
ver la Verdad” (Mateo 11:6 AMP). Este es un interesante “y.” Jesús advirtió a
Juan de que no debe ofenderse; que no debe caer en desconfianza; que no debe
dejar al diablo nublar su vista porque las cosas no estaban sucediendo de
acuerdo a sus expectativas.
Profetas, tenemos que confiar en Dios. Tenemos que confiar que Él nos ha dado
autoridad. Tenemos que confiar en aquellos que tienen autoridad sobre nosotros.
Tenemos que confiar que somos lo que Él ha declarado que somos. Tenemos que
confiar en que Él nos dará las palabras proféticas correctas para comunicárselas
a las personas correctas en el momento correcto. Tenemos que ser suficientemente
humilde para entregar a Él, con toda confianza, nuestras vidas y ministerios,
tal cual lo hizo Jeremías. La alternativa es clara: si tropezamos en
desconfianza no podemos ver la verdad.
Desconfianza. Es una trampa profética tan fundamental a la Cristiandad que
muchas veces la pasamos por alto. Cuando hablamos sobre las puertas hacia el
engaño, tenemos la tendencia de enfocar en las decepciones de los deseos de los
ojos, de los deseos de la carne y de la vanagloria de la vida – y deberíamos
reconocer estos peligros. Pero el factor de confianza cubre cada situación de
percepción conocidas al hombre. Si confiamos en Dios nos veremos de una forma
adecuada y lo veremos a Él de una forma adecuada. Sólo con este entendimiento
podemos andar en un nivel de autoridad donde podemos arrancar raíces, derribar,
destruir, echar abajo, construir y plantar. Así que nuevamente pregunto, ¿qué
ves tú?
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